El tiempo - Tutiempo.net
Domingo 17 de Noviembre de 2019

Por Por Gregorio Badeni

analisis. Por Carlos Salvador La Rosa*

La revolución chilena

Hoy, en América Latina, el único país que está en condiciones de pasar a una etapa superior del capitalismo es Chile, mientras que la mayoría de los otros países aún tienen pendiente construir un capitalismo sólido.

First slide

El analista internacional Jorge Castro (al que no se puede tildar de izquierdista ya que habiendo sido funcionario de Carlos Menem, defiende además las ventajas de la globalización capitalista mundial), sostiene enfáticamente que (a diferencia de todo el resto de América Latina, que hay que interpretarlo con otros raseros) Chile está viviendo una revolución, incluso de carácter insurreccional (con violencia), donde el pueblo (particularmente las clases medias gestadas en las últimas décadas) se ha rebelado contra las elites y pretende crear una nueva sociedad con sus propias fuerzas. Pero una revolución siglo XXI muy distinta a las del siglo XX que querían reemplazar el capitalismo por el socialismo o a las del siglo XIX y más atrás, que querían cambiar a la monarquía por el capitalismo. No, ahora no se enfrentan dos sistemas (como aún, anacrónicamente pretende el populismo que postula el socialismo del siglo XXI) sino que la lucha es por instaurar un capitalismo en serio donde éste aún tenga sus bases muy frágiles.

 Lo que esta interpretación excluye son las teorías conspiracionistas por ser falsas de toda falsedad, tanto las de derecha como las de izquierda. Las que dicen que la infiltración marxista ha convulsionado a Chile. O las que dicen que "brisas bolivarianas" están haciendo sucumbir el neoliberalismo en América Latina. Son dos conceptos de revolución anticuados que suponen que ella la hacen las elites (el partido leninista, la vanguardia del proletariado, los líderes providenciales) cuando hoy existe un movimiento sísmico social donde sin conducción ni doctrina, apenas conectadas por las redes, las masas populares reaccionan contra sus carencias, particularmente (y esto es esencial) donde el Estado está en condiciones de superarlas, pero no lo hace porque sus estructuras institucionales atrasan con respecto a sus posibilidades económicas. O sea, la revolución chilena es más un proceso endógeno que exógeno, sale de adentro, no viene de afuera.

Lo de Chile es más comparable con Francia, que con el resto de América Latina. Como en 1789 cuando la sociedad francesa bullía de movimientos y novedades pero la monarquía impedía crear un Estado capaz de conducir todo ese progreso. Como en 1968 cuando otra vez Francia con sus obreros y estudiantes se alzó insurreccionalmente para incorporar los nuevos usos y costumbres infinitamente más liberales a un Estado conservador incapaz de renovar sus elites. O incluso hoy con los chalecos amarillos que estallan sin que nadie los conduzca y sin que nadie sepa demasiado bien las causas de su profunda incomodidad. Todas esas cosas están pasando en Chile, salvando las distancias.

Contra la izquierda populista que salta de alegría persuadida que su mayor enemigo en América Latina se cae a pedazos, consolidando como único modelo de cambio al cubano y/o bolivariano, Chile, a diferencia del resto del continente, gesta un movimiento revolucionario producto de su éxito y no de su fracaso. Pero de un éxito que para seguir siéndolo urge de una transformación radical, incluso negándose en parte a sí mismo.

Chile no es el neoliberalismo convencional que sólo propone ajustes y privatizaciones, sino que es un modelo de capitalismo clásico, de liberalismo pleno en lo político (institucionalismo sin caudillismos), en lo social (creación de una sólida clase media que no es mero efecto del aumento de las materias primas) y en lo económico (efectiva reducción de la pobreza estructural). Pero que, a la vez, no escapa a los problemas de todo capitalismo naciente según lo explicara el mismísimo Marx interpretado en un brillante libro de Alain Minc de 2005 que aprovechamos para citar cada vez que esta profecía marxista se reitera: "El capitalismo fabrica simultáneamente eficiencia y desigualdad: cuando conoce una aceleración, fruto de una revolución tecnológica o de una liberalización de los intercambios, produce aún más eficiencia y aún más desigualdad. ¿Quién descubrió esta ley fundamental de las economías de mercado? Marx naturalmente. Es el primero que hizo de la desigualdad una cuestión cardinal... Existen todavía hoy períodos del ciclo capitalista durante los cuales las desigualdades se profundizan, y sin duda estamos viviendo uno de ellos".

La diferencia con Marx es que éste creyó que esa desigualdad sería imposible de superar dentro del capitalismo y por eso sería reemplazado por el socialismo. Sin embargo, así como la mejor respuesta a la revolución francesa de 1789 no fue el jacobinismo ni el retorno atrás sino la monarquía constitucional instaurada en 1830, en el siglo XX la respuesta al liberalismo clásico no fue su destrucción sino su superación a través de los Estados de bienestar que agregaron justicia social a la racionalidad capitalista. Y hoy, en América Latina, el único país que está en condiciones, si se animan sus elites, de pasar a esa etapa superior del capitalismo, es Chile, mientras que  la mayoría de los otros países aún tienen pendiente construir un capitalismo sólido en vez de un precapitalismo compuesto arriba por empresarios amigos del Estado y políticos corruptos (como las corporaciones y el Estado previo a la revolución francesa) y abajo por asistencialismos subsidiados donde se favorece el consumo para hoy a cambio de seguir con la pobreza de ayer en el día de mañana y donde se apoya a industriales ineficientes pero "nacionales" como los que en el siglo XIX proponían defender al artesanado contra la producción en serie. "Socialismo utópico" que pretendía volver a la Edad Media lo llamaba Carlos Marx.

En síntesis, contra una derecha que no tiene respuestas contra la desigualdad y la concentración y contra una izquierda que por odio al capitalismo niega el evidente progreso chileno que ellos no lograron en sus países, es preciso pensar la construcción del Estado de bienestar del siglo XXI que nadie sabe muy bien cómo será ni cómo se hará, pero que como paso previo requiere pensar con algo más y mejor que las categorías convencionales que nos tienen atados al pasado.

Para ayudar en esta tarea hay dos libros esenciales de este tiempo que solo servirán para cambiar la lógica binaria y esquemática si se los lee juntos y se comparte lo esencial de ambos a pesar de que son muy distintos pero no necesariamente contradictorios. Algo así como leer y compartir a la vez "La evolución de las especies" de Charles Darwin y la Biblia, aceptando los aportes de ambos grandes libros en lo que a cada uno les compete.

Nos referimos a "El Capital en el siglo XXI" de Thomas Piketty donde se narra la historia de la desigualdad que el capitalismo produjo a lo largo de los siglos. Y "En defensa de la ilustración" de Steven Pinker donde, aún admitiendo la evidente desigualdad, el autor piensa que esta es la época de la historia de la humanidad donde casi todos los hombres viven mejor que en cualquier otra del ayer.

En el siglo XIX Marx se dio cuenta de la necesidad de sumar ambas cosas en su razonamiento, por eso creía que sólo cuando el capitalismo (al cual admiraba) alcanzase todo su desarrollo podría surgir de su seno el socialismo. Hoy sus discípulos odian al capitalismo más de lo que aman al socialismo. Y así les va. Mientras que la derecha sigue odiando a Marx y creyendo anacrónicamente que él continúa siendo la fuente de todos los males. Ni uno ni otro, se trata de leer juntos a Piketty y Pinker para superar nuestros prejuicios intelectuales y pensar en términos nuevos. Para, entre otras cosas, empezar a entender lo que ocurre en Chile, una de las primeras revoluciones del siglo XXI.


(*) Periodista, publicado en el diario Los Andes, Mendoza.


Si te gustó esta nota podés compartirla

Comentarios