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Sábado 19 de Septiembre de 2020

Por Roberto L. Elissalde

Historia

Belgrano, padrino de la escuela de dibujo

El tallista español José Antonio Gaspar Hernández presentó la propuesta, que impulsó Manuel Belgrano.

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En la memoria del 15 de julio de 1796, a la que ya hemos comentado, Manuel Belgrano expuso los fundamentos para la creación de una escuela de dibujo en el Río de la Plata. 

El secretario del Consulado sostenía que, para proteger las artes y fábricas establecidas en el país, había que crear las instituciones que permitieran "animarlas y ponerlas en estado más floreciente". Para ello, era imprescindible asentar los principios de la enseñanza profesional sobre saberes y técnicas que -concluía- "el artista adquirirá en una escuela de dibujo".

Vivía en Buenos Aires el tallista José Antonio Gaspar Hernández natural de Villanueva, cerca de Valladolid donde había nacido hacia 1750. 

Escultor y tallista sabemos que estaba en nuestra ciudad desde 1780 y vivía en los cuartos de Lorea, reconocido autor entre otras obras del retablo de la Catedral porteña. Ribera y Schenone sostienen que labró la madera de acuerdo al gusto rococó imperante en ese momento, siguiendo luego las normas neoclásicas, considerándolo el mejor representante que hubo en nuestra ciudad. 

En 1798 presentó un proyecto para adaptar la Plaza Mayor a fin de realizar en ellas corridas de toros. Fue el autor de los dos púlpitos de la Catedral de Buenos Aires y el de la iglesia de Monserrat, así como se le atribuyen el altar del apóstol Santiago y de la virgen de Covadonga en la iglesia de San Ignacio, más otros retablos en las Catalinas, la Merced, San Pedro Telmo y la Concepción, como muebles en el templo primado. 

Con certeza un San Nicolás de la iglesia que lleva ese nombre y el ángel que corona el retablo de la Dolorosa en la Catedral son de su autoría, al igual que otras imágenes de bulto en algunos de los templos mencionados.

Felicidad pública

Hernández que se declaró profesor de escultura, arquitectura y adornista. presentó ante la Junta de Gobierno del Consulado el 23 de febrero de 1799 manifestando su deseo de "contribuir a la felicidad pública abriendo una escuela donde se enseñase geometría, arquitectura, perspectiva y otras técnicas de dibujo útiles para el desarrollo de las artes y oficios". 

Para ello pedía al gobierno que abonara el alquiler de la sala, y la proveyera de bancos, mesas, candelabros para cumplir dos horas diarias de trabajo nocturno, exceptuadas las noches calurosas del verano que no habría clases. Contaba con la protección de Belgrano, a quien calificaron como "cariñoso padrino de aquella iniciativa".

El 28 ya tenía los papeles el síndico del Consulado, don Antonio de las Cagigas, quien consideró que "aquel pensamiento no puede ser más benéfico ni más ventajoso a la industria", considerando que la creación del instituto debía contar con la aprobación del virrey José de Aviles, manifestó su complacencia con la resolución de establecer una escuela gratuita, para la enseñanza del dibujo, quien el 27 de marzo se lo elevó al Rey. 

Belgrano con Hernández elaboraron un reglamento indicando que las clases durarían desde el 1 de noviembre hasta fin de marzo y desde abril hasta fin de octubre. 

El artículo 1º impedía el ingreso de aprendices negros, mulatos salvo "aquel que fuese indispensable a la limpieza de la sala, cuidado de la lumbre, candelabros y espabiladores mientras dure la escuela"; en cambio, establecía para cursar en ella como requisito ser español o indio neto, debiendo informarse el nombre y nacionalidad de los padres y sólo podían pasar a otro puesto si no lo determinaba el profesor. 

Los aspirantes debían tener por lo menos 12 años, no podían asistir con sombrero ni fumar en el aula. Cada alumno debía contar con estos elementos "una cartera de menos de medio pliego de papel, también irá provisto de papel que bastará sea el común ordinario y del más grueso; asimismo llevará lápiz de piedra, lapiceros y carbones".

El presupuesto

Hernández y Belgrano organizaron un presupuesto para cubrir los gastos de la sala donde funcionaría la escuela, las bancas y las mesas necesarias y las luces con sus respectivos candeleros, que representaban $ 281 y 4 reales, mientras que el mantenimiento mensual representaban 20 pesos, 12 por el alquiler del local y 4 pesos para las velas y el mismo importe para el aseo de la sala y mantenga la iluminación mientras se impartían las clases. 

El motivo para realizar el curso por la noche, era para favorecer la asistencia de quienes trabajaban durante el día, medida que lo hace a Belgrano también promotor de las escuelas nocturnas. La Academia se emplazó en la casa de doña Manuela Goyenola, a quien se le abonaban 12 pesos en concepto de alquiler. 

La escuela se inauguró el 29 de marzo de 1799. La cantidad de aprendices fue considerada un éxito: Hernández seleccionó entre los aspirantes a los primeros 58 jóvenes que se incorporaron a las clases. Además de los aprendices ordinarios, se podían admitir artesanos con el visto bueno del Consiliario, a fin de que pudieran ejercitarse como aficionados.

Como dijo Belgrano "este corto gasto no desfalcará los fondos del Consulado", sin embargo desde España en abril de 1800 llegó la noticia de la Real Orden que establecía cerrar la escuela, "aunque aprecia el celo de ese Cuerpo [Consulado) es su Real Voluntad que tenga presente las graves urgencias del Estado para excusar todo gasto".

Ese fue el fin de la Academia de Dibujo del Consulado, estudiado por Schenone, Trostiné y García Martínez, a la vez que esperamos un trabajo de Malena Babino, que sin duda iluminará otros aspectos de la entidad y sus alumnos. 

Fermín Gayoso

Un detalle interesante es que a pesar de la prohibición de ingresar los negros al establecimiento educativo, hubo algún hombre de color que descolló en su tiempo. Fue Fermín Gayoso criado de Juan Martín de Pueyrredon, que por aquellas circunstancias no pudo matricularse en la escuela porteña.

En 1806 cuando su amo viajó a España como diputado del Cabildo de Buenos Aires, para dar noticia de la Reconquista, lo acompañó en ese accidentado periplo, dos años después invocando su oficio de "retratista" afirma José Torre Revello, solicitó a Carlos IV la gracia de la libertad, pues carecía de los 300 pesos para obtenerla, pero podía mantenerse de su oficio. 

Alegaba también los servicios prestados durante la reconquista la primera invasión inglesa y ser hijo de padre español, ya fallecido casado con una mulata.

Nada más se sabe de este personaje, y algunos autores aseguran que volvió a Buenos Aires y pudo ser el primer maestro de Prilidiano Pueyrredon. Sea como sea -aunque no pudieran cursar-, había hombres con talento que superaron el obstáculo del color de su nacimiento.

*El autor es historiador y vicepresidente de la Academia Argentina de Ciencias 


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