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Miércoles 27 de Mayo de 2020

Por Mario R. Contreras (*)

Voces.

El día después

Hoy nos preocupa algo mucho más cercano: ¿qué haremos con este mundo (la llamada casa común, por Francisco), vapuleado y maltratado, cuando esto termine? ¿Amerita, en la situación actual, que el hombre cambie de conducta en algún sentido?

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Será prematuro hablar hoy de cómo será la vida del mundo cuando termine la pandemia? Sobre todo porque aún estamos plenamente inmersos en esta enorme y preocupante borrasca que vapulea de un lado a otro nuestra frágil embarcación: de la necesidad de preservar la vida frente al virus  a la de no sucumbir ante la escasez de medios para asegurar esa misma vida.

Hacía falta que la sociedad  descanse, se aparte y se encierre para que el mundo respire, tome nuevo impulso, como si de un tiempo a esta parte los  humanos nos hubiésemos constituido en enemigos de nuestro propio hábitat vital. La sociedad, en efecto, está viviendo hoy un incómodo período "en blanco" (no sin razón circuló últimamente la graciosa  ironía que dice: "¿qué hago con mi agenda 2020 que sigue intacta?"). El mundo parece detenido, recordándonos a aquel lejano tiempo en que se mantuvo "en pausa" entre el  6 y el 14 de octubre del año 1582 (esos 9 días no existieron para el mundo) cuando el papa Gregorio, reformador del calendario que luego llevó su nombre, corrigió el desfase que arrastraba el calendario Juliano. Pero eso es solo historia, y muy antigua.

Hoy nos preocupa algo mucho más cercano: ¿qué haremos  con este mundo (la llamada casa común, por Francisco),  vapuleado y maltratado, cuando esto termine? ¿Amerita, en la situación actual, que el hombre cambie de conducta en algún sentido?

Muchos creen que esta pandemia, como otras que ocurrieron en la historia, lleva a provocar verdaderos cambios sociales en la población, en los modos de vida individuales y en la forma de interrelacionarse; incluso en las  políticas públicas y en la manera de ejercer las funciones de gobierno. Cambios estructurales, sin duda. No se trata de enarbolar un mensaje apocalíptico, fatalista, sino esperanzador, por la lección que nos puede dejar. Resulta, entonces, muy importante que reparemos en esto: qué aportar para construir una sociedad futura más justa y mejor.

Las situaciones límite, como la presente, hacen exteriorizar lo mejor y lo peor del ser humano; es el momento de dominar y reencauzar esas pasiones. Y lo vemos a diario: desde las muestras de agradecimiento a los profesionales que se juegan su propia vida, hasta el mismo rechazo, con agresividad, hacia los mismos que antes aplaudían (inequívoca  figura del Mesías triunfante que con hosannas entra en Jerusalén, para poco después ser condenado por la misma turba con un contundente "¡crucifícalo!"). Pasiones desordenadas se agitaron siempre en el corazón del hombre.

El ser humano avanzó muy velozmente hacia el progreso; tan veloz fue  su avance que nunca se detuvo a pensar ni a mirar qué iba quedando al costado del camino mientras él crecía en ese progreso. A veces esto no le importó demasiado pues eran los "costos necesario" para construir una nueva sociedad humana con todos los destellos de la modernidad. El conocimiento, con el desarrollo de la ciencia y de la técnica, fue el valor supremo perseguido para lograr un status de mayor confort, y otro tipo de razonamientos no entraron en juego para esa valoración. Al hombre le  costó entrar en la valoración y aceptación de su finitud; podían más el convencimiento de su poder y de sus ambiciones.   Solo un ejemplo: el ideario malthusiano de hace dos siglos, luego comprobado como inexacto, pero que dio sustento dialéctico a teorías que se volvieron contrarias a la vida y la dignidad de las personas, con efectos  hasta el día de hoy. Podríamos abundar en ejemplos que muestran cómo el ser humano, por voluntad propia o dirigida, ha dejado raquíticos y sin desarrollo alguno los elevados principios morales de altruismo, generosidad, fraternidad, compromiso  con la justicia y el bien común; de eso no se preocuparon los cultores y los artífices de aquella neo-modernidad, pues lo importante solo era construir el "estado de bienestar".

Y así, con el desprecio y el desinterés por la realidad del otro, fueron quedando en el camino: pueblos enteros que sin capacidad de subsistencia por medios propios generan corrientes migratorias que en muchos casos encuentran solo el rechazo de los más dotados; desprecio por la vida, a partir del sostenimiento de políticas de limitación del crecimiento poblacional; carrera armamentista que consume ingentes recursos de las potencias dominantes,  en grado tal que podrían eliminar radicalmente el hambre de muchos; destrucción  del hábitat común para asegurar el crecimiento desigual de algunos; desbalance en la distribución de la riqueza mundial con escandalosa concentración en manos de pocos.

Quizá habrá  llegado el momento, y ya en un terreno más individual y cercano, de adoptar  conductas de sobriedad y mesura en nuestra vida personal, no pretendiendo tanta riqueza y tan holgada comodidad y mirando, en cambio, aunque sea mínimamente la necesidad ajena. Estuvimos siempre confiados en nuestra inagotable capacidad y detrás de esa idea hicimos  culto del individualismo que ahora, el presente virus, de un plumazo, nos mostró su inutilidad, porque nos igualó a todos, ricos y pobres, sociedades opulentas y menesterosas; habíamos olvidado que la sociabilidad es un valor intrínseco al ser humano, que somos más personas  humanas  cuánto más "a cuerpo" vivimos. Este razonamiento nos obliga a asumir nuestra fragilidad, nuestros límites,  nuestra incapacidad,  nuestra pobreza, que determina también nuestra ineludible y saludable interdependencia.  

¿Cómo hacer para que estos pensamientos no sean interpretados con alguna carga de ilusoria demagogia? Creo que la gravedad de la crisis  actual nos debe hacer pensar en soluciones que impliquen pasos audaces como individuos y como sociedad, como manera de crecer cualitativamente como cuerpo. La naturaleza humana, en efecto, posee toda la potencialidad para llevar a cabo empresas que lo saquen de un letargo masificador y de una inercia alienante. De lograrse, aunque sea en parte, podríamos convertir a esta pandemia en una "provechosa tragedia"; tenemos no solo el derecho, también el deber de construir otro mundo, un mundo mejor para nuestros nietos. Esto, a nosotros  los adultos mayores, nos urge particularmente, interpela nuestra intimidad, y nos obliga a exponer estas humildes ideas. 


(*) Contador


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