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Domingo 09 de Agosto de 2020

Por Roberto L. Elissalde

Historia

La admiración de Belgrano por Estados Unidos

El gran patriota argentino cultivó relaciones con varios norteamericanos y se dedicó a traducir libros de ese origen.

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Se cumplió un nuevo aniversario de la Independencia de los Estados Unidos, Manuel Belgrano conoció a varios americanos del norte como lo vamos a comentar en estas líneas, o fue conocido por otros con los que no llegó a encontrarse pero bien midieron su personalidad.

El primero de ellos fue seguramente David Curtis de Forest, un americano natural de Connecticut, con 28 años que llegó a Buenos Aires hacia 1802 y que se alistó con los Húsares de Pueyrredon en las invasiones británicas se destacó en la defensa de la ciudad en 1807. Cuando éstos se retiraron los negocios de don David mejoraron en buen grado, como que compró una chacra sobre la barranca en San Isidro. Sin embargo el virrey Cisneros no le tenía mucha simpatía y considerándolo sospechoso lo expulsó de Buenos Aires, primero pasó a Río de Janeiro y después siguió a Falmouth. 

Desde la primera de las ciudades el 29 de mayo de 1810 envió a Belgrano un minucioso informe sobre los sucesos y la política lusitana. Cuando llegó a Inglaterra se enteró de la Revolución de Mayo a la que adhirió con entusiasmo, desde allí envió una buena cantidad de libros como expresión de júbilo a los miembros de la Junta. Fue él quien le facilitó la famosa Despedida de Washington que Belgrano tradujo por primera vez y que la quemó junto con otros papeles de importancia momentos antes de la batalla de Tacuarí en marzo de 1811.

Según el padre Furlong el 15 de diciembre de 1812 Belgrano recibió el segundo ejemplar, acompañado por estos conceptos de Forest: "Si bien es poca cosa, es algo que merece ser leído muchísimas veces, y tal vez sea para Ud. un valioso y adecuado modelo, cuando, después de haber Ud. establecido las libertades de su país de Ud., se proponga Ud. retirarse de los asuntos políticos y se proponga cultivar alguna hermosa chacra, en las cercanías de la mía, sobre las riberas del delicioso Paraná". 

Mientras marchaba con su ejército después de la victoria de Tucumán hacia Salta, Belgrano emprendió nuevamente la tarea de la traducción, para hacerla con más prontitud contó esta vez con la ayuda "del americano doctor Redhead, que se ha tomado la molestia de traducirla literalmente, y explicarme algunos conceptos; por este medio he podido conseguir mi fin, no con aquella propiedad, elegancia y claridad que quisiera, y que son dignos tan amplios consejos; pero al menos los he puesto inteligibles, para que mejores plumas les den todo aquel valor, que ni mis talentos, ni mis acciones me permiten".


Devoto doctor

Su colaborador en la tarea fue su médico el doctor Joseph Redhead, que lo acompañó hasta sus últimos días, asistiéndolo devotamente. Natural de Connecticut, había nacido hacia 1767, en un hogar que se supone de padres irlandeses católicos radicados en Escocia. Sin duda estudió medicina en Edimburgo, y por esa razón la mayoría de los historiadores de Belgrano empezando por Mitre lo hacen escocés, teoría seguida por Juan María Gutiérrez, Eliseo Cantón, Juan Ramón Beltrán, Juan Cánter, Bernardo Frías y Carlos Gregorio Romero Sosa. 

Sin embargo a todos se les pasó la afirmación de Belgrano "americano" referido a los del Norte, como lo notó por primera vez Emilio Ravignani o como se puede leer en el Censo de la ciudad de 1804. Arribó a Buenos Aires en 1803 y habilitado por el Protomedicato para ejercer la medicina lo hizo en el sonado caso de la fragata Joaquín que salió con una carga de 376 negros destinada a Martín de Alzaga de los que solo llegaron vivos 60 a las costas orientales. Instalado en Salta después de recorrer el Alto Perú, realizando estudios científicos, después de los períodos que atendiera a Belgrano y se ausentara de aquella ciudad se radicó definitivamente ejerciendo su profesión, hasta que murió también en la pobreza el 28 de junio de 1847, cargado de años y de méritos.


Viaje a sudamerica

Otro americano que trató a Belgrano fue Henry M. Brackenridge quien visitó Buenos Aires en calidad de secretario de la misión que el presidente de Monroe, envió al sur del continente encabezada por el ministro Rodney. Durante su breve estadía recogió unas notas que bajo el título Voyage to South América publicó en Baltimore en dos volúmenes en 1819. Jamás lo conoció personalmente pero era tal el prestigio de nuestro general que escribió: "Hombre de alta reputación de integridad y talento. Se ha tomado muchas penas en formar sus jóvenes oficiales y en disciplinar sus tropas; bajo su dirección se ha establecido una academia militar en Tucumán y presta mucha atención a esta institución, donde hay numerosos cadetes; pues el ejército patriota está ahora empezándose a llenarse de jóvenes, a quienes se les está enseñando regularmente el arte de la guerra conforme a los sistemas últimos y más aprobados. Una excelente obra sobre táctica ha sido publicada últimamente en Buenos Aires, bajo el patrocinio del gobierno; y Belgrano en Perú, se ha tomado penas infinitas para favorecer el estudio de la guerra como ciencia, así como para combinarlo con los sentimientos más honorables, patrióticos y caballerescos; un legajo de periódicos, publicados por él en Tucumán con el fin de formar sus jóvenes oficiales, contiene una serie de artículos sobre sus obligaciones y deberes que hace gran honor al autor".

En ellas lo coloca en una posición de privilegio porque sostiene: "Las esperanzas de la nueva república, sin embargo reposaban en hombres de muy diferente estampa, en los Rondeau, los Belgrano, los Balcarce y otros por el estilo, que se adherían a la suerte de su país en medio de todas las turbulencias, facciones y cambios a que una república inestable inevitablemente estaría sujeta. En cuanto a los destinos nacionales dependen actualmente de hombres determinados, aparentemente descansan en tres individuos, Pueyrredon, Belgrano y San Martín, que se entienden perfectamente entre ellos, y son apoyados por los hombres dirigentes del país. Respecto de los dos primeros, han sido actores en las escenas de la revolución desde el comienzo y ambos han estado en el extranjero".


Admiración

No hace falta insistir en la opinión de Poinsett sobre Belgrano que hemos dado a conocer en estas páginas ni de su magnífica relación con el ministro americano en Río de Janeiro, a quien le hizo proporcionar por medio del canónigo Segurola el suero antivariólica para aplicarlo en Brasil.

En un artículo la señora Courtney L. de Espil, también destacada historiadora americana y vinculada a nuestra sociedad por su marido el diplomático Felipe Espil recordaba a qué grado llegaba Belgrano en su admiración por Washington que como dice Mitre "llevaba la patilla a la inglesa, como se ve en los retratos de la última época de Washington, que era su modelo político". 

Con sobrada razón el padre Furlong los comparó alguna vez y dijo que le calzaban perfectamente a Belgrano las palabras de Robert E. Lee sobre el padre de la patria de aquella América:

"El primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el corazón de sus conciudadanos".

Buen homenaje sería en este bicentenario que la Despedida de Washington traducida por Belgrano, se editara en edición facsimilar en ambos idiomas.

Quizás merecido recuerdo a quien así presentaba su traducción hace más de dos siglos:

"Suplico a mis conciudadanos y a cuantos piensan en la felicidad de la América, que no separen de su bolsillo este librito, que lo lean, lo estudien, lo mediten, y se propongan imitar a ese grande hombre, para que se logre el fin a que aspiramos, de constituirnos en nación libre e independiente".


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