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Jueves 28 de Enero de 2021

Por Fernando Viano

Adiós al 10. Escribe Fernando Viano

¡Qué felices nos hiciste, Diego!

No hay ni habrá otro igual con la pelota entre los pies. Esta es, quizá, la única certeza que nos va a quedar tras la noticia que conmocionó al mundo. Todo lo demás, será parte de la historia. Que cada uno la cuente como quiera.

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Barrilete cósmico. Tenía 9 años cuando te vi volar. Desde la mitad de la cancha, arrancaste con una pirueta que desencajaba hasta la mirada y comenzaste a levitar. Flotabas. Estabas suspendido sobre el verde césped del Azteca y en frente, las camisetas blancas se desplomaban; caían como postes a tus pies, soldados abatidos, heridos en su orgullo con cada gambeta, en cada zancada indescifrable. 

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis...miles, millones. Y un solo grito. Cuando la pelota tocó la red, creo, pegué el salto más alto de mi vida. Y al salir a la calle, mareas de gente envueltas en celeste y blanco, festejando en una extraordinaria concordancia. Única e irrepetible, por otra parte. 

Atrás había quedado Inglaterra y, a flor de piel, las sensaciones se mezclaban con los resabios de una guerra que aún sangraba en nuestras memorias, como si fuera posible, desde el fútbol y desde tu zurda mágica, una hipotética revancha. Como fuera, el aire de 1986 olía a hazaña, a tu hazaña. Y hubiera sido suficiente. Pero no. Porque tenías un sueño que no era sólo tu sueño. Tenías un sueño que era el sueño de todos. Y ese sueño fue realidad días más tarde, cuando levantaste la Copa. Sí, la Copa del Mundo, esa esquiva dama.

¡Qué felices nos hiciste, Diego!

Los que vivimos México en aquel inolvidable año, los que pudimos verlo con lágrimas de alegría en los ojos, sabemos que ese día te convertiste en héroe, en D10S, en el dios de la religión de los argentinos, que es el fútbol, y nos llevaste con vos a tocar con las manos el estrellado cielo de la redonda. De tu mano. Maradona + 10. Maradona con todos. Maradona para todos.

No hubo, después, un hito deportivo semejante, aunque en Italia demostraste, una vez más y como si hiciera falta, que eras capaz de dar la vida por la Selección. Como nadie (¿acaso alguien puede dudarlo?). 

La gloria, después de dejar a los locales afuera en otra noche histórica, se nos atragantó en la final pasado el minuto `90, con aquel penal inventado que ya ni vale la pena recordar. Tu tobillo hinchado como una pelota, en cambio, fue y será el símbolo de una entrega inigualable, sinónimo tal vez de la cultura del aguante del argentino. 

Todo lo demás es historia archiconocida, trillada. Escribir sobre la muerte de Diego Armando Maradona, incluso, puede ser tal vez lo más cercano a dejar un humilde (y casi innecesario) testimonio de la más famosa de las crónicas de una muerte anunciada. Tan obvio, casi, como afirmar sin ningún temor a equivocaciones que no hay ni va a haber otro igual (hagan las comparaciones que quieran). 

Esta es, quizá, la única certeza que nos va a quedar después de esta noticia que hoy conmueve al mundo, pero que a nosotros nos toca muy en lo profundo, nos estremece. Porque Diego era y es nuestro. Y era y seguirá siendo quien más nos representa en eso de la argentinidad al palo de la que tanto nos jactamos y que, al mismo tiempo, tanto nos avergüenza. En la cancha, como en la vida.


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