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Lunes 18 de Octubre de 2021

Por Luis Robledo

Un poco de historia. Escribe Luis Robledo

Carlos Iribarren, enólogo pionero en La Rioja

Desde niño adoptó a Nonogasta como su terruño, y ya profesional se asentó con sus fincas y participó de la adecuación de la actividad como industria moderna en la Provincia.

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El 7 de setiembre se conmemoró el Día del Enólogo, mítico responsable de sabores y calidad de la bebida milenaria, inspiradora de poetas y bohemios, esencia simbólica en cultos y religiones, ligada a la vida cotidiana desde tiempos inmemoriales que tiene a La Rioja como tercer productor nacional, y que reconoce en Carlos Iribarren al primer profesional de la Provincia, alma mater de la bodega Nacarí que en 1987 logró por primera vez para Argentina el Oscar de Oro en Francia con el recordado blanco torrontes riojano esmerilado Nacarí, galardón aun no alcanzado por otro vino argentino

En la Argentina, el Día del Enólogo se celebra el 7 de septiembre conmemorando la fecha de 1862 en la que Domingo Faustino Sarmiento inauguró la Quinta Normal de San Juan, que en 1939 pasó a llamarse Escuela Nacional de Fruticultura y Enología. La Quinta Normal desempeñó un papel fundamental en la historia de la viticultura nacional, aportando los primeros técnicos argentinos formados profesionalmente y que orientaron sus carreras a la industria vitivinícola local.

Si bien la producción riojana, tiene un volumen reducido con su tercer lugar en el contexto nacional detrás de Mendoza y de San Juan, para la provincia y junto con la actividad olivícola constituyen las principales actividades del sector privado, con un prestigio aquilatado y con perspectivas de crecimiento que paulatinamente la va afianzando.

El primer enólogo de La Rioja, Carlos Iribarren, fue un no riojano que desde niño adoptó a Nonogasta como su terruño, y ya profesional se asentó con sus fincas y participó de la adecuación de la actividad como industria moderna en la Provincia, con un perfil que poco ha cambiado desde entonces y que está en permanente evolución con las bodegas exportadoras que abastecen a mercados de Estados Unidos, Europa y Asia.

Iribarren nació el 1 de septiembre de 1907  en la ciudad de Córdoba, y pasaba los veranos en Nonogasta, en ese momento un pequeño pueblo al que conoció y adoptó como su lugar en el  mundo. Estudió enología en Mendoza, y regresó a Nonogasta en 1929 para dedicarse a las fincas que su abuelo había comprado a Nicolás R. Dávila,biniciadas por el coronel Nicolás Dávila en 1812 y desde donde salió la expedición auxiliadora Zelada y Davila que participó del cruce de Los Andes comandado por José de San Martín.

El pasado vitivinícola de Nonogasta se remonta a 1611, solo 20 años después de la fundación de La Rioja, cuando Diego de Garzón plantó los primeros viñedos. Años despúes se asienta en Famatina la Compañía de Jesús que también pone viñas, pero inician la producción y las primeras exportaciones de vinos y aguardiente. 

La primera bodega de Nonogasta fue puesta en marcha por Inocencio Gordillo, que en 1803 comienza a comprar viñas ya desarrolladas cuando ya la actividad vitícola ya estaba arraigada y sistematiza la producción de vino, en un emprendimiento continuado por sus hijos que construyeron otras bodegas que permitieron producir más de 250.000 litros después de 1870

En 1932 asume la presidencia de la Nación Agustín P. Justo, que entre otras medidas de fomento a la producción y a la industria, implementa a través de la Junta Nacional Reguladora de Vinos la construcción de tres Bodegas Regionales en La Rioja: Nonogasta, Villa Unión y Aminga, gestión que desarrolla Guillermo Iribarren, hermano de Carlos y que décadas después sería gobernador de la Provincia.

Los Iribarren explotaban bodegas construidas por la familia en el siglo anterior, de las que ya se había hecho cargo el enólogo Carlos, y sobre esta base el 2 de Junio de 1939 se constituyó la Cooperativa Nacarí, de la cual fue el primer secretario del Consejo de Administración y posteriormente presidente en varios períodos.

El vino definido por el enólogo Iribarren fue establecido como regional, con características distintivas de cuerpo y sabor propios de la zona y de la mano del enólogo, distribuído a granel en bordalezas, después en damajuanas, cubriendo mercados de provincias vecinas y de Buenos Aires.

En la década de 1970 la producción de la Nacarí superó los 12 millones de litros, y el enólogo Iribarren incursionó en la producción de vinos con la bodega de Villa Unión, corte que combinaba los mejores aspectos de cada vasija, vino al que se denominó Carivil con un logrado corte que permitía características y calidades diferenciales.

El vino propio más diferenciado de los producidos bajo el control del enólogo Iribarren fue el blanco torrontes riojano, de la cepa difundida hoy en todo el país, y que en tres décadas ha desplazado a los otrora famosos torrontes mendocino y salteño, para ser implantado en su reemplazo en todas las provincias vitivinícolas.

El enólogo Carlos Iribarren murió en 1984, ya había implementado en la Bodega Nacarí moderna tecnología de procesamiento, y se seguía poniendo énfasis en el blanco torrontes que ya se envasaba en botellas de vidrio esmerilado; y que tres años despúes en Bordeaux, Francia, logró por primera vez para la vitivinicultura argentina el denominado Oscar de Oro otorgado en la Vinexpo.

El enólogo Iribarren no logró ver el triunfo del vino en el que había trabajado más de 50 años, premio que permitió a la vitivinicultura riojana trascender y redefinir sus objetivos, los enólogos de las bodegas de la provincia continuaron sus objetivos respetando y revalorizando las características propias del producto riojano, cuyas viñas en suelos apropiados, y amplitudes térmicas óptimas y altas temperaturas fueron reconvertidas e iniciado el desafío de competir en calidad con el resto del país.

Si bien en estas líneas se resalta la labor del primer enólogo riojano, la intención es remarcar el  papel de esta profesión y que se resume en las sensaciones que un simple trago provoca, en el placer que despierta, en la interpretación que el cerebro intenta elaborar de toda esa información gustativa que recibe y que en un primer momento es solo sentido en éxtasis.

El enólogo le da el toque diferenciado y distintivo, la personalidad a un brebaje que técnicamente es complejo para elaborar, pero que está al alcance de la posibilidad humana. Dicho en criollo: cualquiera puede hacer vino, pero el vino en serio necesita de la sapiencia del profesional que lo definirá al nuevo y también del que continuará el sabor logrado por otro enólogo décadas atrás.

Y no solo es preparar el vino: seleccionar varietales, momento de cosecha en función de maduración y meteorología, trabajo en equipo con agrónomos y especialistas en cada uno de los pasos desde la elección del suelo hasta el tipo de riego.

Un trago de vino tiene sabor a historia, ciencia y labor del emblemático enólogo, nombre que nos lleva a recordar sabores y vivencias de un trago que se mantiene en el recuerdo, y que se despierta en la avidez del nuevo descorche que desde el aroma nos lleva a esos paraísos con olor a mosto. 

Salud.


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