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Miércoles 05 de Octubre de 2022

Por Instituto Nacional de Investigaciones

Voces

El 12 de agosto de 1806 estuvo Juan Manuel entre "los voluntarios que formaron el ejército que reconquistó Buenos Aires".

Según le recordara a su yerno Máximo Terrero en 1861: "Se llevó a su casa de la calle Cuyo a varios de sus jóvenes amigos, los incitó a la pelea, los armó como pudo y se presentó a la cabeza de ellos al general Liniers"

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 Confirmó Saldías. Asi peleó en la jornada del 12 de agosto de 1806, junto a Liniers, y después de la rendición, Liniers lo devolvió a sus padres, portador de honrosa carta testimonial, en la que le dice a sus padres que Juan Manuel "se había conducido "con una bravura digna de la causa que defendiera". Contaba solo con 13 años de edad.

Recordando a Liniers, Rosas en su ancianidad anotaba en sus apuntes: "¡Liniers! Ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad sin olvidarlo jamás..." Juan Manuel, que entraba en la pubertad y que acababa de recibir manejando un cañón, el bautismo de fuego y de sangre en la Reconquista de su ciudad natal, sentó plaza de soldado en el cuarto escuadrón de caballería, llamado de los "Migueletes", que mandaba el porteño don Alejo Castex.


Se vistió ufano, con el uniforme punzó de ese cuerpo -color que sería para siempre el de sus predilecciones-, y combatió con denuedo en la cruenta defensa de Buenos Aires contra la segunda invasión de los británicos. Asistió a las memorables jornadas del 5 y 6 de julio de 1807 que terminaron con la capitulación del general Whitelock. Don Martín de Álzaga y don Juan Miguens lo remitieron a su padre con una carta que acreditaba su conducta en esas jornadas.


Decía Rosas años después, el 2 de mayo de 1869 a su amiga Josefa Gómez: "Tomé de 14 años plaza de soldado de caballería de Migueletes. Tengo la carta del Señor Dn. Martín de Alzaga a mi madre, y la del Señor Dn. Juan Miguens a mi padre, acreditando mi conducta en esos gloriosos triunfos".

Lo que Rosas decía nostálgico en el exilio, lo habían escrito desde tiempo inmemorial todos sus historiadores, amigos o adversarios, sin ninguna duda. Juan Manuel volvió a su casa, de la que poco antes saliera adolescente, convertido en guerrero. Don León y doña Agustina al ver llegar a Juan Manuel, después de los combates, vestido de rojo, notaron que el niño acentuaba su fiereza al transformarse en hombre.

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