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Jueves 11 de Agosto de 2022

Por Esteban Dómina

La hora final de Facundo Quiroga

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16 de febrero de 1835. La galera devoraba leguas a todo galope. Juan Facundo Quiroga regresaba desde el norte donde había oficiado de mediador en el conflicto suscitado entre las provincias de Tucumán y Salta.

Volvía a Buenos Aires, donde residía junto a su familia. Las correrías que lo llenaron de fama habían quedado atrás. El indómito guerrero de otrora había cambiado sus hábitos llaneros por los de un citadino; disfrutaba de la vida en la metrópoli y de la consideración con que lo trataba la sociedad porteña. 

También su visión política había variado; la intransigencia de antaño había mutado en una madurez reflexiva y tolerante. Quien había sido el principal ariete en contra del régimen rivadaviano ahora pensaba que con el partido unitario derrotado había llegado la hora de la organización nacional.

Aunque mantenía su lealtad a Juan Manuel de Rosas y admitía su jefatura, habían aflorado sutiles diferencias entre ambos. Antes de partir para cumplir aquella encomienda, en la Hacienda de Figueroa, Rosas le entregó una carta donde planteaba que el país aún no estaba maduro para una constitución. Quiroga siguió viaje con aquella extensa carta guardada en un bolsillo de su chaqueta.

Debía atravesar Córdoba, la provincia de los hermanos Reynafé, con quienes mantenía viejas cuitas. Pasó raudamente, sin tomar contacto con nadie. Una vez cumplida la gestión, desdeñó las advertencias y se internó nuevamente en la tierra de sus enemigos. Lo acompañaban su secretario privado, unos pocos peones, un par de correos y un postillón. El incandescente sol de febrero quemaba la tierra; el polvo levantado por las cabalgaduras resecaba las gargantas y nublaba la visión. El calor sofocante y el reuma que tenía a mal traer al viajero hacía doblemente penoso aquel viaje.

El 16 de febrero se aproximaron a Barranca Yaco, un paraje inhóspito del norte cordobés, donde un grupo de jinetes ocultos en el monte aguardaban el paso del carruaje. Santos Pérez, cabecilla de la banda de sicarios, dio la voz de alto, sacando a relucir su trabuco. Los demás salieron de su escondite y se abalanzaron sobre la galera, deteniendo su marcha. Facundo asomó la cabeza y preguntó, indignado, quién mandaba aquella partida. Por toda respuesta recibió un balazo en el ojo izquierdo, pereciendo en el acto. El matador se trepó de un salto al habitáculo del vehículo y atravesó con su espada al azorado secretario del riojano, mientras sus secuaces daban cuenta del resto. Hasta el postillón, un niño de apenas doce años, fue pasado a degüello. Concluida la faena, los asesinos ocultaron el coche con los cuerpos en su interior y se alejaron a galope tendido llevándose todos los efectos de valor, incluidas las ropas de las víctimas. Al poco rato se desató una tormenta de verano.

Al día siguiente, el cadáver de Quiroga fue trasladado a la vecina posta de Sinsacate, a pocos kilómetros del lugar donde ocurrió la tragedia. Luego de lavarlo con vinagre, un médico escocés de apellido Gordon le practicó la autopsia. Tendido en una mesa y con dos cirios por todo ornamente, Facundo fue velado durante algunas horas en la pequeña capilla del lugar. Esa misma noche lo introdujeron en un cajón y lo despacharon a Córdoba en la misma galera donde halló la muerte. 

El 18 de febrero por la madrugada los restos del Tigre de los Llanos ingresaron a la Catedral de la ciudad de Córdoba donde, para guardar las apariencias, se había preparado un funeral con la pompa reservada a las personas notables. Los vecinos que desfilaban frente al féretro se retiraban murmurando; por esas horas, todas las sospechas recaían sobre el clan gobernante: el gobernador José Vicente Reynafé, y sus hermanos José Antonio, Guillermo y Francisco. Se decía, además, que Estanislao López, el gobernador de Santa Fe, no era ajeno a la muerte de Facundo.

Rosas requirió a los autores materiales para juzgarlos en Buenos Aires, en tanto que, un año después, por pedido de su viuda, Dolores Fernández, los restos de Facundo fueron trasladados a la metrópoli. Dos de los hermanos Reynafé fueron condenados y ejecutados en la plaza pública, otro murió poco antes en prisión y el cuarto logró huir.

El ataúd de bronce quedó depositado en la iglesia de San Francisco, en Flores; ese año de 1836 fue mudado a una bóveda ubicada cerca de la entrada del cementerio de La Recoleta, ornado con una hermosa estatua de la Virgen Dolorosa.

A 187 años de la tragedia, la memoria de Facundo Quiroga sigue viva: 

"Yo, que he sobrevivido a millares de tardes

y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,

no he de soltar la vida por estos pedregales.

¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?"

(El general Quiroga va en coche al muere. Poema de Jorge Luis Borges)

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