En su horario habitual de las 22.00, este jueves, viernes y domingo se proyectará en Espacio 73 ¨La Muerte de un Comediante” Sinopsis: Juan Debré (Diego Peretti) dedica su vida a interpretar a un héroe en una popular serie de televisión. Diagnosticado con una enfermedad terminal, huye a Bruselas donde se ve envuelto en un conflicto y tendrá la oportunidad de convertirse en un verdadero héroe. La entrada general es de 2200 pesos, mientras que jubilados y estudiantes pagan 1100 pesos.
Financiada de modo comunitario, la película parte de una premisa fatídica, pero decide volcarse a lo felizmente imprevisible.
Rodada en la capital belga y en nuestro país, La muerte de un comediante es el nuevo esfuerzo de la Comunidad Orsai, que contó con el aporte financiero (y de otras naturalezas) de más de 10.000 socios productores, siguiendo la misma lógica de un proyecto previo, La uruguaya. De mayor envergadura que la película de Ana García Blaya, la ópera prima de Peretti y Beltramino es un film extraño, donde no todo funciona como debería pero que, a cambio, se tira a la pileta del juego narrativo sin demasiado miedo al ridículo.
La historia bien podría haberse centrado en las vicisitudes de un hombre al final de su camino, el paseo meditativo y moribundo de un personaje que hace un racconto de su existencia antes de desaparecer. Y si bien algo de eso hay durante los primeros tramos, el guion prefiere concentrarse en la posibilidad de la aventura: Debré conoce casualmente a un grupo de activistas políticos comandando por una bella y joven ciudadana local (la argentina Malena Villa, con acento francés a tono) y decide aportar su grano de arena para frenar una ley anti inmigratoria virulenta y desorbitada.
Hay también ecos del film noir y de las viñetas de alguna historieta clásica, al tiempo que la trama suma elementos inesperados, como la aparición de una suerte de cofradía con algo de fantasía desbordada y otro poco de onírico, en la cual conviven un misterioso recepcionista de hotel, un viejo librero y un taxista jamaiquino. La imprevisibilidad y la deriva de la historia son lo mejor que La muerte de un comediante tiene para ofrecer. Hay aquí algo de la vieja escuela, en el mejor y más naif de los sentidos posibles. El Debré de Peretti pasa de la melancolía a la acción luego de leer un libro que posiblemente tuvo influencia en la creación de su amado Bombin (dígase “bombán”), a quien comienza a parecerse cada vez más, físicamente y en su actitud temeraria. Desde luego, un perrito callejero comienza a acompañarlo.
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