Por Sara González Cañete
Me encuentro con el mapa de mis hallazgos fortuitos, necesito detenerme en la geografía federal, para soplar una brisa de letras que tengo atravesada, es mi forma de contar las memorias inéditas de mi idilio Riojano.
Posiblemente, en el Afán del paso hayan recorrido la Costa riojana. En estos caminos el silencio se puede confundir con ausencia, sin embargo, descubrí un diálogo sutil entre el arrullo del canal y la memoria de sus antepasados. Su belleza natural se impone; se despliega con la parsimonia de quien sabe que el tiempo es, en realidad, un pacto de libertad bajo un cielo que se sublima en astros, para impactar a cualquier transeúnte.
Este ruta se perfila suavemente en el regazo de cerros que parecen embrujados de querer, y custodian la memoria ancestral de sus pueblos originarios. Aquí no me cabe más que entregarme , sin resistencia, a la seducción del entorno.
Es el perfume de los almendros y la robustez de los nogales lo que termina de sellar este hechizo, el que les voy a susurrar entre líneas que podrían inspirar a un tal Almodóvar.
Llegué a “Los Almendros” y… me abrieron las puertas hacia una obra de arte visual viva y cautivante.
Cuentan las piedras y las esculturas que habitan el jardín que el artista —habitante y artífice de este lugar— transitó un largo desierto antes de hallar la musa definitiva, esa chispa capaz de incendiar la creatividad y volverla materia. Hay pinturas vistiendo la galería abierta, reencuentran en las paredes de la casa, su historia ante cada visitante. Estratégicamente, dejando espacios necesarios para contemplarlas, el artista explica sus pasiones. En las esculturas, apachetas y formas extraordinarias de fósiles naturales.
Èl mantiene un memorándum sagrado con las cuatro estaciones, pero es con el otoño con quien firmo los acuerdos más profundos.
Él lo explica con un vaivén de finca; lo va traduciendo en su cosecha, entre aromas y sabores.
La experiencia sensorial es sencillamente única y pertenecen a esta luz de “Los Almendros”.
Heme aquí, invocando a las palabras para que acudan a este altar de arte, naturaleza e identidad riojana. Si tuviera que pintar una acuarela de este lugar, empezaría por la mutación del almendro. El verde, que se veía como grito de vida, se rinde ahora ante una gama de amarillos cobrizos y ocres que parecen retener el último rayo del sol.
El otoño en “Los Almendros” es una fiesta de hojas que caen con la levedad de un suspiro, alfombrando el suelo con una trama crujiente. Las ramas, desnudándose con elegancia, revelan la arquitectura secreta del paisaje, mientras el aire se vuelve más nítido, permitiendo que la mirada se pierda en la profundidad del cielo azul riojano.
Es mi estación favorita, un momento del año que simboliza el recogimiento íntimo y espiritual. La belleza cruda en este rincón de la Costa, en otoño sobre todo… marca la preparación de La Rioja para volver a florecer, entre la quietud de las montañas que imperturbables, nos siguen enseñando el arte de dejarse amar.
Un día llegué a “Los Almendros”… para ratificar mi amor por cada pulso de vida que guarda esta tierra antigua y federal.
Cierra los ojos y abre los sentidos voy a guiarte por la ardiente Rioja.
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