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1591 Cultura + Espectáculos LITERATURA

La cita

Diego Pérez

Por Diego Pérez

Adrián no pudo dormir esa noche. Estaba algo inquieto, daba vueltas en la cama, sentía ese cosquilleo en el estómago que le indicaba con exactitud que algo iba a pasar o estaba a las puertas de un hecho trascendental.

Se durmió a eso de las 2 de la madrugada, se despertó antes de las 3 y dio vueltas y vueltas hasta las 4. A las 5 ya tenía los ojos abiertos de par en par y no pudo volver a conciliar el sueño.

Esperó pacientemente hasta que sonara la alarma que había puesto para las 7 y se levantó. Se dio una ducha rápida, con la intención de despejarse un poco, no podía llegar a ese encuentro con cara de dormido. No podía darse ese lujo, no después de haberlo buscado insistentemente por semanas, hasta que le dijeron que sí. Justo para ese domingo de verano, después de los carnavales de febrero.

Les gusta la joda, pensó Adrián, por eso me reciben después de los corsos.

Adrián había perdido las últimas que le dieron hace mucho, en realidad él sentía que se las habían robado o las había olvidado en algún lado que no podía recordar, incluso tenía algunas sospechas sobre eso, pero lo que más le aterraba era que se hubiesen ido solas, sin avisar, sin decir ni chau, cansadas de esperarlo, que se decidiera, siempre a las vueltas como la calesita pero sin sortija encima.

¿Y si hubiera pasado eso?- no quería ni pensarlo-. Se secó a las apuradas y agarró la ropa que estaba sobre la silla, sin planchar, porque se olvidó de dejarla en lo de Delia después de lavarla.

La puta que lo parió, murmuró Adrián cuando salió a la calle y puso al pecho a la primera ráfaga de viento y las gotas de lluvia le mojaron el rostro.

La que me faltaba, que llueva, qué suerte. Una te pido, una, y le hizo una seña al cielo, mirando con ojos de resignación. ¡Una!

Agachó la cabeza, guardó los lentes en la mochila y salió corriendo esquivando charcos, baldosas flojas, un par de paraguas y un taxi que se metió a contramano en la esquina. El bar en el que habían pactado el encuentro no estaba lejos de su departamento, así que aprovechó la situación para hacerle caso al cardiólogo que lo tenía loco con que haga ejercicio.

¿Quiere ejercicio, que deje la vida sedentaria?, acá vamos la puta madre. Y apuró el paso hasta llegar a un trote suave que no recordaba haber hecho desde la secundaria, cuando lo torturaban en educación Física y pesaba 30 kilos menos.

Entró justo en el bar para evitar que se largara el chaparrón que lo hubiera dejado hecho sopa y esquivó al mozo que dejaba un pedido en la mesa al costado de la puerta de entrada y lo miró feo.

Perdón, disparó y se fue a sentar a la mesa al lado de la ventana que daba a la calle, quería que lo vieran y a la vez él poder reconocerlas desde lejos. No sabía cómo iban a venir, si es que finalmente venían.

Sacó los lentes de la mochila y se los acomodó tratando que quedaran derechos, la montura estaba algo ladeada por un golpe que le dio su hija Rosario; más que golpe se les sentó encima en el sillón, nunca miraba nada para apoyar el trasero. No era el primer par de lentes rotos así en estos años, pero estos habían sobrevivido finalmente, no sin algunas magulladuras.

Trató de hacer foco hacia la calle, estaban algo empañados, se los quitó y les pasó una servilleta de papel.

Ya fue, se dijo, una raya más no les hace nada. En el invierno me opero sí o sí, expresó repitiendo la misma cantinela desde hacía 10 años, cuando a los 40 le diagnosticaron la miopía.

Llovía a cántaros. El mozo se acercó y le preguntó qué iba a tomar y si esperaba a alguien.

Tráeme un café con leche y dos medialunas y si, espero a alguien, o a varias, pero no sé si vendrán.

El mozo lo miró algo extrañado y se dio la vuelta a entregar el pedido. Adrián se aflojó sobre la silla, suspiró y trató de recordar.

Fui un boludo, no debí descuidarlas. Me costó una barbaridad que me hicieran ese envío hace años, llegaron pocas, pero se reprodujeron y me acompañaron bastante bien, pero al final las dejé de lado y se fueron marchitando, una a una, dejaron de hacer ruido, barullo, y se fueron apagando hasta que las poquitas que quedaban decidieron irse, estoy seguro, no las perdí esa noche ni me las olvidé. Y ahora, después de ver ese aviso, y de escribirles, llamar y rogar, por fin aceptaron la cita.

La lluvia paró y Adrián tuvo una pequeña sensación que algo pasaría. En efecto, la puerta del bar se abrió de par en par y el corazón casi se le detiene del brinco que pegó cuando las escuchó; ni siquiera hizo falta que las viera, solo con escucharlas alcanzó.

El barullo ese le era familiar, y sí, ahí venían todas, en patota, las había de varios tamaños, altas, bajas, largas, angostas, gordas, agudas, esdrújulas, graves, con tilde, hablaban todas juntas, alborotadas, se atropellaron en la puerta, algunas se cayeron pero no les importó. El mozo se corrió porque si no se lo llevaban puesto. A una señora paquetona la hicieron atragantar con una tilde en el té.

Cuando descubrieron a Adrián se callaron todas y lo miraron como quien reta a un chico que hizo una travesura.

Bajó la cabeza y aceptó los reproches. Sacó la mochila, sonriendo, feliz, extrajo un cuaderno grande, de esos de tapa dura, muy bonito, con muchas hojas en blanco y lo abrió.

Las palabras se acomodaron en fila india y una a una, ante la mirada atónita del mozo, se fueron zambullendo en el cuaderno.

Adrián lo cerró; finalmente habían venido a la cita, ahora es cuestión de no descuidarlas, se dijo.

¡Mozo! ¿Qué pasa con ese café con leche?, exclamó con firmeza.

Afuera volvía a llover. Un enano atorrantón se le escapaba a la madre y se metía a chapotear en un charco que casi lo tapaba. Adrián abrió el cuaderno, la birome, y trazó un par de garabatos. La señora del té sin tilde miró de reojo como en la escuela a ver qué escribía. La caligrafía nunca fue el fuerte de Adrián así que no tuvo suerte. Le habían pedido un cuento de fútbol, mejor cumplir con los amigos se dijo. Revolvió el café y comenzó.

*Periodista. Escritor.

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