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1591 Cultura + Espectáculos LITERATURA

La prefabricada

"...Roldán se sentaba todas las tardecitas en una suerte de galería o alero grande que le habían dejado y tomaba mates con la Claudia, la chica con la que se había juntado después que la Lidia lo dejó para irse con sus hijos..."
Diego Pérez

Por Diego Pérez

Raúl Roldán no era un tipo muy brillante, más bien era de pocas luces por decirlo de alguna manera. Eso sí, a tenacidad y garra no había quien lo superara. Cuarentón largo, más cerca de los 50 que otra cosa. Era un tipo flaco, de esos cuerpos fibrosos, que nunca engordan, de movimientos y ademanes ampulosos. Cuando encontraba un conocido lo comenzada a saludar desde media cuadra antes, gesticulando, invadiendo espacios particulares, dándole forma a las palabras, con sus manos grandes y huesudas, acordes al metro ochenta y cinco que ostentaba.

Daba unos abrazos enormes, incómodos, te apretaba la mano hasta el dolor mientras la sacudía de arriba hacia abajo con vehemencia, a la vez que miraba fijamente los ojos de su circunstancial interlocutor y adelantaba la cabeza tratando de meterse en el pensamiento del otro.

Roldán andaba en bicicleta, de esas al estilo de los mormones, con dínamo y luz y llevaba las botamangas de los pantalones del trabajo apretadas con broches, para que no se le metieran en la cadena y se ensuciaran con grasa. Hablaba fuerte, tenía un vozarrón grave y cuando saludaba parecía que estaban usando un megáfono.

Vivía por la zona del Bajo, en los límites de barrio Cerino, casi como quien rumbea ya para el río, en una casita prefabricada que se ganó una vez en una rifa de la Cooperativa de Luz de Almafuerte, el pueblo vecino. Vinieron un Febrero y en un par de días ya se la habían instalado.

Roldán se sentaba todas las tardecitas en una suerte de galería o alero grande que le habían dejado y tomaba mates con la Claudia, la chica con la que se había juntado después que la Lidia lo dejó para irse con sus hijos, el Sergio de 4 y la Tamarita de 2, a su casa natal en Palmira, en Mendoza. Él la había acompañado una vez, cuando se casaron. Los padres de ella tenían una pequeña finca al costado de la ruta, muy bonita, con unos viñedos y frutales. Le había encantado y soñaba con volver, pero el precio de los pasajes era muy caro y lo fue postergando, hasta que ella se cansó de la rutina de trabajar en casas ajenas, juntó las pocas cosas que tenía, agarró los chicos y se fue una tarde que él se había ido hasta Tancacha a jugar a las bochas.

Le dejó una nota cortita, apenas un saludo y unas pocas palabras más. En esa época no tenía la prefabricada, sino solo un par de habitaciones levantadas con chapas y algunos ladrillos y piso de tierra. Tuvo que ir hasta lo de don Riganti, el vecino de atrás, que sabía leer para que le dijera que le había escrito la Lidia.

El viejo Riganti tomó el papel con la mano derecha, dejó el bastón en la izquierda y leyó. Pero tuvo antes la corazonada de leer en silencio y tragó saliva antes de mirarlo y hablar.

-Raúl, dice la Lidia que se va a Mendoza, que lleva los chicos y vuelve después del verano, a ver si te puede llevar a vos.

-Ya sabía yo, que mujercita que tengo, me encanta Palmira, con esas acequias al costado de la ruta para regar los frutales. Dicho esto tomó el papel de la mano del viejo Riganti, dio media vuelta y salió de la misma manera en la que había llegado, gesticulando y moviendo las manos.

Pero los meses pasaron, la Lidia no volvió ni escribió y detrás de las incipientes canas llegó un día la Claudia, justo un mes después que le instalaron la prefabricada a Roldán. Ella lo anduvo rondando un tiempito por el barrio y se las arreglaba para encontrarlo por donde él anduviera. Hasta que un día llegó a tomar mates con la madre, quien lo reprendió severamente por andar mostrándose con su hija por el barrio y que para que nadie diga nada era menester que la Claudia se instalara ahí, para ser una pareja como Dios manda. Así fue que de la noche a la mañana Roldán tuvo novia y se fue olvidando de a poquito de la Lidia, aunque a veces extrañara los chicos y el ruiderío que hacían.

La Claudia no era mala, pero lo hacía dormir en el sillón del living cada tanto y lo retaba porque no la dejaba embarazada.

-Mira que voy a cambiar el gallo, le decía en tono despectivo cada mes que no quedaba.

Roldán trabajaba en la Petroquímica desde los 16 años, siempre en el área de mantenimiento y servicios generales. Comenzó limpiando los baños, hasta que le tocó la colimba, justo después de la guerra de Malvinas. Lo mandaron al Sur, a Comodoro Rivadavia, por número alto, allá donde estaba todo tan fresco en la memoria y el recuerdo. No duró mucho, un accidente en una imaginaria, con una picadura de víbora de la Cruz que lo dejó rengo de la pierna derecha dos semanas, más la escasez de provisiones en el cuartel, fueron motivo suficiente para que lo mandaran con la baja. Se volvió en un tren que lo dejó en Río Cuarto y de ahí a dedo hasta su Río Tercero natal, en el olvido colectivo. Volvió a la fábrica y retomó justo donde había dejado, limpiando los baños, hasta llegar a ser ayudante de maestranza. Pero los años pasaban y no avanzaba más que eso. Una broma de mal gusto de unos operarios de química que le dejaron unas revistas de porno en el casillero individual y llegaron a manos de un supervisor; un día que no llegó a trabajar porque se puso a ayudar a un fletero que le pidió ayuda en el camino a la fábrica, además de ser analfabeto y tener problemas de vista nunca resueltos que le hicieron cometer algunas equivocaciones más, fueron demasiado para sus aspiraciones de subir un poco más en la fábrica.

A Roldán le apasionaba el fútbol, se había hecho hincha de Independiente de Avellaneda por un tío que le contaba las proezas del Rojo a nivel sudamericano y soñaba con alguna vez poder ir a conocer la cancha en la que tantas gestas heroicas se habían fraguado. De vuelta a la casa, al salir del trabajo, se paraba con la bici al lado a observar cómo jugaban en los potreros y en más de una ocasión, ante la falta de un arquero, terminó atajando vestido con la ropa de fajina. Pero Roldán tenía un sueño que nunca había contado por miedo a la risa y la burla de los demás. Roldán quería ser escritor, por eso quería ir a la escuela nocturna para aprender a leer y escribir y comenzar a dar rienda suelta a su imaginación. Le gustaba pararse al frente de las librerías, ver los libros exhibidos e imaginar las historias que podían contener.

Se veía a sí mismo sentado en la galería de la prefabricada, con la Claudia cebándole mates y él en la mesita de pino, con la Remingnton que era de su tía Celia, escribiendo y escribiendo. Se imaginaba vestido de traje, asistiendo a las funciones del cine, entrando a las librerías y siendo reconocido por los clientes ocasionales y él saludando con movimientos leves de cabeza y la sonrisa ancha, plena, segura, como de quien se sabe realmente un erudito.

Una mañana de Marzo se decidió, después de verse más canoso, con la mirada triste de extrañar a la Lidia, de no saber nada de sus hijos, entendió que era tiempo de ir por el último de los sueños que le quedaba en pie, para dejar de ser el boludo del barrio y pasar a codearse con médicos y abogados que siempre lo miraron por arriba del hombre, con esa condescendencia que les daba el título universitario y vestirse con zapatos bien lustrados.

Se levantó muy temprano, se tomó unos mates con la fresca que venía del río y se fue con la bici directo a la Escuela, a anotarse y comenzar a desandar el camino de sus sueños. Cuando salía notó que había un poco de escarcha en algunos jardines.

-Alta helada cayó anoche y no tape la higuera que me dio la Rosalía, ya cuando vuelva veo como quedó.

La Escuela del barrio no estaba lejos, apenas unas 12 cuadras, para el lado de las vías. Roldán quería ver si se podía anotar en el turno noche y completar la primaria en esos cursos rápidos. Quizás a fin de año ya podría estar leyendo varios libros y a la vez comenzar con sus primeros escritos. Estaba tranquilo, de licencia esos días en la fábrica, sin tener que aguantar las bromas de esos pesados de química.

El Ami 8 venía por la Acuña y él subía por Del Buono, miró a la mujer que manejaba y ella lo vió a él. Roldán imaginó que la mujer iba a frenar, ella no lo hizo y apurada por llegar al semáforo en verde de la otra cuadra, aceleró la marcha. Roldán se dio cuenta tarde y cuando quiso frenar, la escarcha sobre un charco en el asfalto anuló su maniobra. Se deslizó sobre el charco congelado y quedó justo delante del Ami 8 anaranjado que subía la velocidad.

El ruido del golpe hizo que los vecinos salieran presurosos a prestar ayuda. La rueda delantera de la bici seguía dando vueltas mientras Roldán tenía medio cuerpo debajo del auto. Lo sacaron de ahí como pudieron. Un vecino tuvo la delicadeza de cubrirlo con un mantel de su negocio una vez que vieron que había dejado de temblar y buscar y preguntar por la bici desde el suelo con sus últimos ademanes.

A esa misma hora dos adolescentes, acompañados por una mujer mayor, golpeaban las manos frente a la prefabricada en barrio Cerino. La Claudia salió en camisón, algo dormida todavía, apenas atinando a taparse con los brazos por el viento fresco que soplaba desde el río.

-Hola, ¿está Raúl Roldán?, preguntó Lidia con voz algo nerviosa.

EL AUTOR

DIEGO PÉREZ ES LICENCIADO EN COMUNICACIÓN SOCIAL, CORDOBÉS DE NACIMIENTO Y RIOJANO POR ADOPCIÓN. ASIDUO LECTOR DE AUTORES COMO SACHERI, DOLINA, CORTÁZAR, ECO, ENTRE OTROS TANTOS. FUE PREMIADO Y PUBLICADO EN ANTOLOGÍAS LATINOAMERICANAS EN DIFERENTES OPORTUNIDADES, EN LAS QUE PARTICIPÓ CON CUENTOS Y POEMAS. HA SIDO PUBLICADO EN DIARIOS Y PÁGINAS WEB DE DIFERENTES PROVINCIAS. TRABAJÓ EN MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE CÓRDOBA Y LA RIOJA Y ES ADEMÁS ASESOR EN COMUNICACIÓN POLÍTICA CON UN POSGRADO EN LA UCA. ACTUALMENTE SE DEDICA A LA COMUNICACIÓN GUBERNAMENTAL.

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