La siesta en La Rioja no es un momento del día: es un mandato. El sol cae como una sentencia sobre la tierra, el aire se espesa, y hasta los perros entienden que no es hora de andar husmeando. Todo se repliega. Todo calla.
Pero no todos.
Dicen que en esa hora suspendida —cuando el mundo parece dormido y el monte respira en secreto— aparece el Mikilo.
Nadie lo ha visto del todo, o al menos nadie ha sabido contarlo sin dudar. Algunos lo describen pequeño, como un niño torcido; otros, apenas una sombra que se escurre entre los arbustos. Hay quienes juran haber escuchado su risa: breve, seca, como si se quebrara una rama. Siempre en la penumbra, siempre al borde de la mirada.
A Tomás le habían dicho mil veces que no saliera a la siesta.
—Dormí —le ordenaba su abuela—. Afuera anda el Mikilo.
Pero el monte, visto desde la ventana, tenía algo que lo llamaba. Una promesa de aventura, de secretos escondidos entre los algarrobos. Y ese día, cuando el silencio fue más profundo que de costumbre, Tomás empujó la puerta sin hacer ruido y salió.
El calor lo abrazó de inmediato. Caminó unos metros, descalzo, sintiendo la tierra arder bajo sus pies. Todo estaba quieto. Demasiado quieto.
Entonces lo escuchó.
Un crujido leve, detrás de él.
Se dio vuelta. Nada.
Siguió caminando, más despacio ahora. El corazón le golpeaba en el pecho con una fuerza nueva, desconocida. Otro ruido. Esta vez más cerca. Como si algo lo imitara, como si sus pasos tuvieran eco.
—¿Hola? —se animó a decir.
El monte no respondió.
Pero el aire cambió. Se volvió más denso, más oscuro, como si una sombra hubiera caído sin que el sol se moviera. Tomás sintió, por primera vez, que no estaba solo.
No lo vio. No podría decir que lo vio.
Pero supo.
Supo que algo lo observaba desde algún rincón donde la luz no llegaba. Algo antiguo. Algo que no pertenecía del todo a este mundo, pero tampoco a otro. Algo que conocía ese monte desde antes que hubiera caminos, antes que hubiera casas, antes que alguien le pusiera nombre al miedo.
El Mikilo.
Tomás retrocedió un paso. Después otro. Y entonces corrió.
No recordó el camino de vuelta, ni cuánto tardó. Solo el golpe de la puerta al cerrarse y el refugio de la penumbra fresca de la casa. Su abuela lo miró sin sorpresa, como si hubiera estado esperando.
—Te dije —murmuró—. En la siesta no se sale.
Esa noche, mientras el viento sacudía las ramas afuera, Tomás creyó escuchar otra vez esa risa breve, quebrada. No venía del monte. Venía de más cerca.
Tal vez del recuerdo.
Cuentan los antiguos que el Mikilo no es solo un duende travieso ni una invención para asustar a los niños. Es una presencia que viene de más lejos, de las creencias de los pueblos originarios que habitaron estas tierras. Un ser nacido del monte mismo, sin templos ni altares, sin oro ni imágenes, ajeno a los dioses traídos de afuera. Por eso, dicen, nunca se fue.
Porque nadie pudo expulsarlo de donde siempre perteneció: la sombra, el silencio, y esa hora inmóvil de la siesta riojana donde, si uno presta atención, el mundo parece contener la respiración.
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