El propósito de los gobiernos patrios de recuperar el Alto Perú había fracasado tras las sucesivas campañas del Ejército del Norte, encabezadas respectivamente por Antonio González Balcarce, Manuel Belgrano y José Rondeau. En aquel territorio lejano que lucía inexpugnable se libraron los memorables combates de Suipacha, Huaqui, Vilcapugio y Ayohuma, hasta que, en 1815, la derrota de Sipe-Sipe sepultó la intención original de mantener la unidad física del antiguo virreinato del Río de la Plata.
José de San Martín, llegado desde Chile, había declarado la independencia del Perú en 1821, pero no logró completar el dominio territorial del último reducto español. Luego de la entrevista de Guayaquil —julio de 1822— y su ulterior alejamiento, la conclusión de la guerra de independencia había quedado en manos de Simón Bolívar, quien desembarcó en el Perú en 1823 y, un año más tarde, el 6 de agosto de 1824, venció a los realistas en la memorable batalla de Junín. Sin embargo, los vencidos lograron salvar parte de sus fuerzas y se retiraron hacia la ciudad de Cuzco, donde el virrey José de la Serna contaba con tropas de refuerzo. Tras aquella batalla, Bolívar regresó a Lima en tanto que su lugarteniente, el mariscal Sucre, persiguió al enemigo para asestarle la estocada final.
El lance decisivo se libró en la Pampa de Ayacucho, y resultó una victoria completa del. del Ejército Unido Libertador. Los realistas sufrieron cerca de dos millares de bajas, otros tantos prisioneros —entre ellos el virrey— y perdieron el parque de artillería, armas y bagajes. La capitulación se concertó allí mismo y significó el pleno reconocimiento de la independencia del Perú y la desocupación de todos los territorios que se hallaban en posesión de la corona española. Exultante, esa misma noche el mariscal Sucre le escribió a Simón Bolívar, su jefe y amigo, comunicándole que: “Los últimos restos del poder español en América han expirado en este campo afortunado...”. El mensaje le llegó al Libertador nueve días más tarde, en medio de un banquete. Eufórico, Bolívar, visiblemente excitado por la buena nueva, propuso un brindis en honor de Sucre y del ejército vencedor. San Martín, por su parte, orgulloso por el desempeño de sus hombres, escribiría: "De lo que mis granaderos son capaces solo lo sé yo; quien los iguale habrá, quien los exceda no".
Ayacucho fue el punto final de la empecinada resistencia española para frenar la causa independentista en América. La noticia de la victoria llegó a Buenos Aires el 21 de enero de 1825, y fue festejada con repiques de campanas, salvas, fuegos artificiales e iluminaciones, pese a que no se recuperó el territorio altoperuano donde se derramó tanta sangre patriota. Sumidos en divisiones y luchas intestinas; los gobiernos de turno no habían adoptado ninguna provisión dirigida a reivindicar la antigua unidad territorial y se limitaron a convalidar lo actuado por los vencedores.
Producido el desenlace militar, cabían tres posibilidades: la primera, que el territorio liberado volviera a formar parte de lo que había sido el antiguo virreinato Río de la Plata, como hubiera correspondido. La segunda —la que al parecer prefería Bolívar— era que la región siguiera anexada al Perú, como lo estaba de hecho; y la tercera, la que acariciaban las autoridades locales, era declararlo soberano y constituir una nueva República.
El 6 de agosto de 1825, la Asamblea General de Diputados de las Provincias del Alto Perú, a instancias del mariscal Sucre, declaró país independiente al Alto Perú con el nombre de República de Bolívar, que más tarde fue cambiado
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