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Sociedad

¿Nacidos para sufrir? Por qué la Selección nos hace pasar de la agonía a la gloria sin escalas

Se ha convertido en una especie de ley de gravedad para el hincha argentino: si no se sufre hasta el último segundo, si no hay taquicardia de por medio y si el destino del partido no pende de un hilo finísimo, la victoria no se disfruta igual.

La semifinal contra Inglaterra fue la prueba científica definitiva de esta teoría. Durante más de 80 minutos, el país entero estuvo al borde del colapso emocional, masticando una bronca sorda y buscando explicaciones tácticas, para luego estallar en un grito de desahogo ensordecedor que barrió con toda la angustia previa en un abrir y cerrar de ojos.

¿Por qué la Selección nos somete constantemente a esta montaña rusa de emociones?

Desde una perspectiva psicológica y sociológica, el fútbol en Argentina no funciona como un mero entretenimiento de fin de semana, sino como un canalizador de las tensiones, frustraciones y alegrías de la vida cotidiana. El hincha proyecta en el equipo nacional su propia capacidad de lucha ante la adversidad. Por eso, pasar de la desilusión casi digerida a la euforia total en el epílogo del partido genera una descarga masiva de adrenalina y dopamina que altera químicamente el ánimo de una nación entera. El sufrimiento previo es el condimento indispensable que agiganta el festejo posterior.

Este fenómeno también moldea nuestra cultura de las cábalas. Durante el segundo tiempo, miles de hogares riojanos se convirtieron en templos de la superstición: cambios de lugar en el sillón, promesas improvisadas a los santos, camisetas dadas vuelta, silencios sepulcrales y la clásica prohibición de que nadie se mueva de su sitio para no "alterar la energía". Cuando llegó el gol del empate y, posteriormente, el de la victoria, esas tensiones acumuladas se transformaron en abrazos interminables, llantos de desahogo y una comunión instantánea con perfectos desconocidos en la calle.

Ganar con holgura puede ser estéticamente agradable, pero ganar "a la argentina" —remontando la adversidad con el corazón en la boca— tiene una épica inigualable. Nos hace sentir invencibles, nos reconcilia con nuestra esencia luchadora y nos recuerda que, no importa cuán oscuro se presente el panorama, siempre hay una última oportunidad para dar vuelta la historia. Al final del día, aunque el corazón pida un poco de paz, ningún argentino cambiaría esta hermosa y caótica forma de vivir el fútbol.

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