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1591 Cultura + Espectáculos EXTRANJERA FEDERADA

El hombre en el valle olvidado

Mi verdad, la única que puedo narrar y comprender a cabalidad, se encuentra en el encanto subyugante que se siente en sus paisajes.
Sara González Cañete

Por Sara González Cañete

Llevo casi cinco años…. volviendo a este paraje suspendido en la vasta e inabarcable geografía riojana. Argentina, con su inmenso y desafiante territorio, siempre hace sentir la lejanía palpable de su capital. Y, sin embargo, la brújula interna, esa que me guía el alma, me señala aquí, lejos del epicentro más cosmopolita de Sudamérica.

En esta tierra, todo parece ser un enigma que desafía la simple explicación. Su amplitud térmica se hermana con la sequedad del desierto. El valle productivo es un tesoro acunado en el lecho del Famatina y el Velasco, que velan por cada recurso natural de este hábitat. Y es justo en este abrazo, en esta tierra de quietud y prodigio, donde he descubierto la más pura esencia del amor Riojano.

Mi verdad, la única que puedo narrar y comprender a cabalidad, se encuentra en el encanto subyugante que se siente en sus paisajes. ¡Ah, qué placer visual! La quietud de su paz, la sinfonía de la brisa que musita inspiración en las quebradas. El aire se identifica con el perfume austero de la jarilla, y la fragancia etérea de las aromáticas se aferran a la escasa flora de la montaña. Aquí, parece haber un tratado de paz entre la inmensidad del cielo estrellado, tan cerca que parece tocarse, y las vertientes de la montaña madre.

Chilecito querido. Muchos te han amado en el silencio fecundo de su devoción, entre versos de coplas, con el arte cincelado en el pincel o la nobleza de las notas musicales. Intento atraparte en la fragilidad de mi prosa, y me encuentro entre letras que provocan un nudo en mi alma, una punzada dulce y melancólica, sabrás estoy, irremediablemente cautivada.

Significaste un punto de inflexión en mi historia personal. Y ese querer tiene un costo, una sensibilidad latente. En cierta ocasión, al explicar mi inquietud y pasión por conocer cada faceta de este lugar, alguien me dijo: “A Chilecito se llega llorando y se va llorando”. En aquel momento, me pareció una cursilería, un cliché emocional. Hoy, sin embargo, siento cómo esa máxima gana peso y ocupa un espacio profundo en mi corazón.

Despacio, con una cadencia que no admite pausa, la sensación de ser una “federada” se siente como un privilegio y a la vez como un extra. Es la conciencia de no pertenecer plenamente. Es un limbo, una delgada y sutilísima línea que solo puede percibir quien llega a amar genuinamente este terruño.

Hace poco tiempo en compañía de Pablo, pregunté: ¿Cuál es la esencia rústica más pura del riojano? Él, simplemente respondió: “Voy a llevarte a conocer a un hombre que te dará esa respuesta”.

Y así conocí la intimidad más profunda del desierto riojano. El destino era un paraje desolado y punzante, cercano a Machigasta. Atravesamos un paisaje de melancolía increíble, un cementerio de árboles talados donde la tierra volátil se levantaba tras el paso de la camioneta.

Finalmente, llegamos a las tierras de “Mingo”, un hombre absolutamente pacífico, escondido en su silencio.

Su figura era endeble, de mirada cansada y una sonrisa tímida, casi contenida. Me saludó extendiendo una mano curtida, una palma áspera y fuerte, marcada por el tiempo, el sol y el trabajo de la tierra.

Estábamos en el último reducto de los palsipas, que en otros tiempos fue la “simbra” el espacio social donde convergían los habitantes cercanos para compartir y comerciar sus cosechas.

Bajo un techo precario que apenas desafiaba la inclemencia del clima, rodeado por la compañía elemental de cabras, cerdos, gallinas y perros, estaba Mingo. Vivía su día a día con una inquebrantable sensación de pertenencia, asumiendo su compromiso de custodio.

¡Jamás vi un hombre más solitario en toda mi vida!

Mi espíritu, no pudo mas que reverenciar la dignidad de Mingo.

En una charla breve, donde traté de contener mi catarata de preguntas, Mingo me hablo de su amor incondicional por aquel lugar, una herencia familiar. Lo sentía como un convenio de su historia, sostenido por la decisión de respirar en ese rincón recóndito, hasta su muerte.

Me retiré de allí con el alma estremecida, justo cuando el sol retiraba su luz de ese desierto.

Esa experiencia, se sumo a tantas historias que me subliman a esta rwiojanidad que merece un respeto hondo y una admiración profunda.

Había visto la esencia, era la firmeza en la soledad, la voluntad de ser raíz en la tierra más inhóspita y lejana.

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